5 razones que me hacen ir al parque con mi hijo


Así deberían estar los bancos del parque. VACÍOS. Si seguís leyendo entenderéis a qué me refiero.

Llevo semanas viendo publicaciones que hacen referencia al tiempo que pasamos con nuestros hijos en el parque. Finalmente, me he animado a escribir qué pienso yo de este tema.

Para muchos padres ir al parque es un momento en el que uno se puede relajar. Para otros muchos es un momento temido, como quien se adentra en la jungla. Este es mi caso, ir al parque es volver mentalmente agotada. No es por mi hijo, no es por el resto de niños, es por el comportamiento de los adultos.

5 cosas que me ponen muy nerviosa de los parques para niños
1. Padres ausentes. Ya sea por el móvil o porque están charlando, son padres que no están observando a su hijo.
2. Niños que pasan por encima del tuyo sin importarles nada (Consecuencia de lo anterior)
3. La suciedad. Colillas, cáscaras de pipas, excrementos de perros. ¡Qué es un parque para niños!
4. Lo que uno tiene que escuchar. Desde frases que denotan un control excesivo hasta amenazas dichas desde la normalidad.
5. La norma no escrita de que los juguetes se comparten.

El problema como podéis ver, en ningún momento es el niño. El problema somos los adultos.

Todos estamos muy cansados. Ser padre requiere tanta energía que es comprensible que cuando se presenta la oportunidad sin ni siquiera pensarlo nos relajamos y bajamos la guardia. El parque es un lugar de ocio pero también un lugar de aprendizaje donde los niños adquieren habilidades sociales muy importantes. Con cuatro o cinco años no nos necesitan para subirse al tobogán pero si nos necesitan para seguir desarrollando esas habilidades. No se trata de agobiar a un niño que está liberando energía en el parque pero, decirle desde el banco ¡cuida con ese niño que es más pequeño! no sirve de nada. Hay que estar y hay que querer estar. Lo sé, es agotador.

¿Civismo? ¿Eso qué es? Adultos que fuman en un parque para niños (cuando te ven lo tiran pero, la colilla allí se queda). Adultos que tiran cáscaras de pipas al suelo con la mayor normalidad (¡Qué los niños se llevan todo lo que ven a la boca!). Adultos que aprovechan que el parque está vacío para entrar con perros (¡qué es un recinto cerrado para que no entren perros! ¡Qué los perros marcan!). Y mejor no digas nada. Si abres la boca, bronca asegurada.

¡Qué te vas a caer! Pero, no lo estás viendo ¡Qué te vas a caer!
¡A que nos vamos del parque! Si no le dejas tu juguete, nos vamos.
¡Mira! Ese niño es más pequeño que tú y sube sólo
Se sube por aquí, por el tobogán no se sube. ¡Ves! Por ahí, como el nene.

No sé que frase me parece más horrible. ¿No os parece mejor opción estar presente? Observar como explora sus límites, alentarlo para que se supere y si es necesario entonces, ayudarlo. Explicar porque se ha de dejar un juguete o hacer entender porque no se deja. Así, entenderán que no están obligados a dejar lo que para ellos en ese momento puede ser un tesoro (y más tratándose de un desconocido) pero también es una oportunidad de enseñar generosidad, amabilidad, empatía, agradecimiento, autocontrol y aceptación. ¿No sería más beneficioso evitar etiquetas y comparaciones? ¿No es más enriquecedor que explore las posibilidades de un elemento y simplemente si es necesario, recordadle o enseñarle que su libertad acaba donde empieza la de los demás?

Pero a pesar de lo dicho, aquí tenéis las 5 razones por las que llevo a mi hijo al parque
1. Porque disfruta. Le encanta estar al aire libre y le encantan los toboganes.
2. Porque cada minuto que estamos allí desarrolla más sus habilidades psicomotoras
3. Porque es el escenario perfecto para ir adquiriendo una conciencia social.
4. Porque es un lugar que genera oportunidades para ayudarle a ganar confianza en simismo y una mayor autonomía
5. Porque me pone a prueba. Cada visita que hacemos al parque me enseña algo nuevo.

El parque es un lugar donde nuestro peque se expone al mundo. Pero con seguridad, mamá o papá están ahí. Cuando un niño le empuje, el tiene que poder decir “¡oye!”. Si es él el que empuja, ahí estaremos nosotros para enseñarle que eso no se hace. Un día tras otro, hasta que lo aprenda. Siempre con buenas palabras y cariño. Si con 5 años todavía se lo tengo que recordar, se lo tendré que recordar. Es normal, es un niño. Si no prestamos atención a este tipo de cosas porque estamos cansados y nos aferramos al “son cosas de niños”, no nos hagamos los sorprendidos dentro de unos años porque nuestro hijo se comporte de una manera que no nos gusta. Yo, papá o mamá, tengo que confiar en él. Darle el tiempo y el espacio necesario para que sepa hacer frente a cualquier situación que se le presente. El objetivo es que él gane confianza. Saber decir ¡No!, superar la vergüenza e intentar jugar con otro niño, poner aprueba sus límites y conseguir subir a un sitio donde antes no podía…

Cuando nos vamos del parque, suelo salir “hinchada”. En ese ratito me doy cuenta de lo mayor que está, de lo rápido que crece. Al mismo tiempo salgo tensa y agotada. Ya casi no se mete cosas a la boca pero a veces le da por probar un piedra. Dejarle explorar sus límites, que se suba a las cosas y tener que frenarme para no ayudarlo, agota. Tensa de dejarle solucionar los distintos encuentros que se producen con otros niños. Y muchas veces enfadada, enfadada por el comportamiento de los adultos. A pesar de todo, cada día decido volver.

Si me estás leyendo, te animo a que vayas al parque y dejes los bancos VACÍOS. Si estas cinco razones que te doy no son suficientes, aquí tienes 5 razones más. El parque es un escenario genial para el crecimiento personal de nuestros peques y de nosotros mismos. Aprovechemos cada ratito que estemos allí. Aprenderemos un montón de cosas que nos vendrán genial en el futuro.

Foto de portada: Will Paterson
Foto del artículo: Perminder Klair

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